La Reina Margot
La Reina Margot ¿Qué libro es este?, se preguntará. ¿Quién me lo habrá traÃdo?
«Y a continuación se aproximará a él, verá el grabado, querrá leer, intentará pasar las hojas…».
Un sudor frÃo corrió por la frente de Francisco.
«¿Pedirá auxilio? —se preguntó—. ¿Será un veneno de efecto inmediato? No debe de ser asÃ, puesto que mi madre me ha dicho que morirá lentamente…».
Este pensamiento le tranquilizó un poco.
Asà transcurrieron diez minutos, que, contados segundo a segundo, fueron un siglo de agonÃa. Cada segundo colmó su mente con las visiones más terrorÃficas y espantosas.
Alençon no pudo resistir durante más tiempo, se levantó y atravesó su antecámara, que ya comenzaba a llenarse de gentiles hombres.
—Buenos dÃas, señores —dijo—, voy al cuarto del rey.
Fuera para distraer su devorante inquietud o para preparar la coartada, el caso es que se dirigió efectivamente a ver a su hermano. ¿Para qué iba?
Él mismo lo ignoraba. ¿Qué tenÃa que decirle? Nada. En realidad, lo que hacÃa no era buscar a Carlos, sino huir de Enrique.
Descendió por la escalerita de caracol y halló entreabierta la puerta del rey.