La Reina Margot
La Reina Margot
ARLOS seguía leyendo; impulsado por la curiosidad, devoraba las páginas, que, como ya hemos dicho, ya fuera debido a la humedad a que habían estado expuestas durante mucho tiempo o por otro motivo cualquiera, se hallaban adheridas unas a otras.
Alençon observaba con torva mirada aquel terrible espectáculo, cuyo desenlace solamente él podía adivinar.
—¡Oh! —murmuró—. ¿Qué va a pasar aquí? ¡Cómo, yo tendré que irme, tendré que salir de Francia, tendré que ir en busca de un trono imaginario, mientras que Enrique se atrincherará al primer indicio de la enfermedad de Carlos en cualquier ciudad a veinte leguas de la capital! Permanecerá allí al acecho de esta presa que nos brinda el azar y podrá estar en París haciendo una sola etapa, de modo que, antes de que el rey de Polonia llegue a saber la noticia de la muerte de mi hermano, la dinastía habrá cambiado. ¡Es imposible!
Estas ideas fueron las que inspiraron a Francisco el primer sentimiento de horror y el deseo de advertirle a Carlos lo que ocurría. Nuevamente, el duque iba a tratar de oponerse a aquella fatalidad que parecía proteger a Enrique y perseguir a los Valois.
