La Reina Margot
La Reina Margot —Porque esta noche nuestro cuñado ya no estará aquÃ.
Carlos se levantó.
—OÃd —dijo—, quiero creer una vez más en vuestras intenciones, pero tanto a tu madre como a ti os advierto que esta es la última vez que lo hago.
Luego, elevando la voz, ordenó:
—Que llamen al rey de Navarra.
Un centinela hizo un movimiento disponiéndose a obedecer, pero Francisco le detuvo con un gesto.
—Mal sistema, hermano mÃo —dijo—, de este modo nada sabréis. Enrique negará y, al mismo tiempo, advertirá a sus cómplices para que se vayan. Además, tanto mi madre como yo, serÃamos acusados no solamente de visionarios, sino de calumniadores.
—¿Qué me proponéis vos, entonces?
—Que en nombre de los vÃnculos que nos unen, Vuestra Majestad me escuche y que, en nombre de mi fidelidad, que terminará por reconocer, no fuerce los acontecimientos. Haced de manera, señor, que el verdadero culpable, que desde hace dos años traiciona in mente a Vuestra Majestad en espera de poder hacerlo de hecho, sea por fin declarado culpable gracias a una prueba infalible y castigado como merece.
Carlos no respondió. Se acercó a una ventana y la abrió; la sangre se agolpaba en su cabeza.