La Reina Margot
La Reina Margot —Os advierto —dio Francisco— que no quiero hablaros de mi marcha, sino de la de otro. Vuestra Majestad me ha herido en mi sentimiento más profundo y delicado, en mi afecto de hermano, en mi fidelidad como súbdito, y tengo empeño en demostraros que no soy un traidor.
—Vamos —dijo Carlos apoyándose de codos sobre el libro y cruzando las piernas como quien contra su costumbre hace provisión de paciencia—. ¿Algún nuevo chisme? ¿Alguna acusación matutina?
—No, señor, una certidumbre; un complot que sólo mi ridÃcula delicadeza me ha impedido revelaros.
—¿Un complot? —preguntó Carlos—. Veamos de qué se trata.
—Señor —respondió Francisco—, mientras Vuestra Majestad esté cazando junto al rÃo y en la llanura de Vesinet, el rey de Navarra irá hasta el bosque de Saint-Germain, donde encontrará un grupo de amigos con los cuales huirá.
—¡Ah! ¡Ya me lo suponÃa! —dijo Carlos—. ¡Conque otra calumnia contra mi pobre Enriquito! ¿Terminaréis de una vez con él?
—Vuestra Majestad no tendrá mucho que esperar para cerciorarse de si es o no una calumnia lo que he tenido el honor de deciros.
—¿Por qué razón?