La Reina Margot

La Reina Margot

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Capítulo XX

CONSTITUÍA un hermoso espectáculo la caza con halcones cuando en ella tomaban parte los reyes; mucho más cuando estos eran considerados como semidioses y la caza no solamente era una distracción, sino un arte.

No obstante, debemos abandonar el espectáculo para llegar hasta un lugar del bosque donde todos los actores de las escenas que acabamos de relatar vendrán pronto a reunirse con nosotros.

A la derecha de la avenida de Violettes se extiende un camino frondoso por donde entre los espliegos y los brezos asoman de vez en cuando las orejas de una inquieta liebre o levanta su cabeza de ramificados cuernos algún gamo errante que dilata sus narices y parece escuchar. Existe un claro lo bastante alejado para que no pueda verse desde el camino, pero no tanto como para que desde él no pueda distinguirse lo que en el camino ocurra.

En medio de este claro del bosque había dos hombres echados en la hierba sobre sus capas de viaje. Cada cual tenía a su lado una espada y un trabuco de ancha boca. Desde lejos se parecían, por la elegancia de sus trajes, a los alegres personajes del Decamerón, y de cerca, por sus armas amenazadoras, a esos bandidos de los bosques que cien años más tarde pintó Salvador Rosa en sus paisajes.

Uno de ellos se hallaba de rodillas, apoyado en una mano.


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