La Reina Margot

La Reina Margot

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—¡Quiá! Esa seña corresponde a: «Esperadme».

—De ninguna manera, esa seña corresponde a: «Salvaos».

—Está bien —dijo La Mole—, que cada cual obre de acuerdo con su parecer. Vete, yo me quedo.

Coconnas se encogió de hombros y volvió a acostarse.

En aquel momento, por el mismo camino que había pasado la reina, pero en dirección contraria, cruzó a galope una tropa de caballeros que los dos amigos reconocieron como protestantes acérrimos, casi fanáticos. Sus caballos brincaban como las langostas de que habla Job. Pasaron como una exhalación.

—¡Diantre! Esto se pone serio —dijo Coconnas levantándose—, vayamos al pabellón de Francisco I.

—Al contrario, más vale que nos quedemos —dijo La Mole—; si nos descubren, se dirigirá hacia ese pabellón la atención del rey, puesto que era el punto de reunión general.

—Es posible que por esta vez tengas razón —gruñó Coconnas.

No había acabado el piamontés de pronunciar estas palabras cuando un jinete pasó como una centella por entre los árboles y, saltando los fosos, las zarzas y toda clase de obstáculos, se llegó junto a los dos caballeros.


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