La Reina Margot

La Reina Margot

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Llevaba una pistola en cada mano y guiaba su caballo en esta carrera furiosa solamente con las rodillas.

—¡El señor De Mouy! —gritó Coconnas más inquieto y alarmado ahora que el propio La Mole—. ¡El señor De Mouy huyendo! ¿Será preciso escapar?

—¡Pronto, pronto! —gritó el hugonote—. ¡Huid, todo se ha perdido! Di un rodeo para venir a avisaros. En marcha.

Como no había dejado de correr mientras hablaba, estaba ya bastante lejos cuando concluyó y, por consiguiente, cuando La Mole y Coconnas comprendieron el sentido de sus palabras.

—¿Y la reina? —gritó La Mole.

Pero la voz del joven se perdió en el espacio. De Mouy estaba ya demasiado lejos para oírle y, sobre todo, para responderle.

Coconnas tomó pronto una decisión. Mientras La Mole permanecía inmóvil siguiendo con los ojos a De Mouy, que desaparecía entre las ramas que se abrían ante él y se cerraban a su paso, corrió a buscar los caballos; los trajo, montó en el suyo, puso las riendas del otro en manos de La Mole y se dispuso a partir.

—¡Vamos! ¡Vamos! —dijo—. Repito lo que ha dicho De Mouy: ¡En marcha! Y De Mouy es un señor que habla con propiedad. ¡En marcha, en marcha, La Mole!

—Un instante —dijo el provenzal—, aquí hemos venido para algo.


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