La Reina Margot

La Reina Margot

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—A menos que sea para que nos ahorquen —respondió Coconnas—, te aconsejo que no pierdas el tiempo. Te adivino, vas a hacer retórica, parafrasearás la palabra «huir», hablarás de Horacio y de cómo arrojó su escudo y de Epaminondas, a quien llevaron en el suyo. Sólo te diré unas palabras: Cuando huye el señor De Mouy de Saint-Phale, todo el mundo puede hacer lo mismo.

—El señor De Mouy de Saint-Phale —dijo La Mole— no está encargado de guiar a la reina Margarita. El señor De Mouy de Saint-Phale no está enamorado de la reina Margarita.

—¡Voto al diablo! Y hace bien, ya que ese amor podría llevarle a hacer tonterías semejantes a las que estás pensando. ¡Qué quinientos mil diablos del infierno se lleven un amor que podría costar la cabeza a dos valientes gentiles hombres! ¡Diantre!, como dice el rey Carlos, el caso es que conspiramos y que, cuando no se sabe conspirar, es preciso saber escapar. ¡Monta! ¡Monta, amigo La Mole!

—Escápate tú, querido, no os lo impido; es más, os invito a que lo hagas. Tu vida vale más que la mía. Defiéndela, pues.

—Valía más que me dijeras: «Coconnas, hagámonos ahorcar juntos», que no: «Coconnas, huye tú solo».


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