La Reina Margot
La Reina Margot —¡Bah! Amigo mÃo —respondió La Mole—, la horca está hecha para los patanes y no para hidalgos como nosotros.
—Empiezo a creer —dijo Coconnas suspirando que no es del todo mala la precaución que tomé.
—¿Cuál?
—La de hacerme amigo del verdugo.
—Estás lúgubre, mi querido Coconnas.
—Pero decidme, ¿qué hacemos por fin? —exclamó este impaciente.
—Vamos a encontrarnos con la reina.
—¿Dónde?
—No lo sé… Busquemos entonces al rey.
—¿Dónde?
—Tampoco lo sé… Pero le encontraremos y haremos entre los dos lo que cincuenta personas no pudieron o no se atrevieron a hacer.
—Me tocas el amor propio, Hyacinte; mal sÃntoma.
—Pues en marcha.
—¡Bien dicho!
La Mole se volvió para apoyarse en la montura, pero en el momento en que ponÃa el pie en el estribo se oyó una voz imperiosa.
—¡Alto ahÃ! RendÃos —dijo la voz.