La Reina Margot
La Reina Margot Al mismo tiempo apareció un hombre por detrás de una encina, después otro y asà hasta treinta. Eran los soldados de caballerÃa ligera que, convertidos en infantes, se habÃan deslizado por entre los brezos y daban una batida por el bosque.
—¿Qué lo dije? —murmuró Coconnas.
Una especie de sordo rugido fue la respuesta de La Mole.
Los soldados se hallaban todavÃa a unos treinta pasos de los dos inseparables amigos.
—Veamos —continuó el piamontés hablando en voz alta al teniente y mirando directamente a La Mole—. ¿Qué ocurre?
El teniente ordenó que apuntaran a los dos amigos.
Coconnas continuó en voz baja:
—¡Monta, La Mole, aún es tiempo! Salta al caballo como te he visto hacerlo cien veces y huyamos.
Luego, volviéndose a los soldados:
—¡Qué diablos, señores, no tiréis! —dijo—. PodrÃais matar a unos amigos.
Y dirigiéndose a La Mole, añadió:
—A través de los árboles se apunta mal; dispararán, pero no harán blanco.