La Reina Margot
La Reina Margot —¡Imposible! —dijo La Mole—. No podemos llevarnos ni el caballo de Margarita ni las dos mulas y esos animales podrÃan comprometerla, mientras que con mis respuestas alejaré toda sospecha. ¡Vete tú, amigo mÃo, vete en seguida!
—Señores —dijo Coconnas levantando su espada—, nos rendimos.
Los soldados bajaron sus mosquetes.
—Pero ante todo, ¿por qué hemos de entregarnos?
—Ya se lo preguntaréis al rey de Navarra.
—¿Qué crimen hemos cometido?
—El señor de Alençon os lo dirá.
Coconnas y La Mole se miraron con asombro; el nombre de su enemigo no era como para tranquilizarlos.
Sin embargo, ninguno de los dos opuso resistencia. Coconnas fue invitado a bajarse del caballo, maniobra que hizo sin formular observación alguna. Ambos fueron rodeados por los soldados y, juntos, emprendieron el camino hacia el pabellón de Francisco I.
—¿No querÃas ver el pabellón de Francisco I? —dijo Coconnas a La Mole al divisar entre la arboleda los muros de un hermoso edificio gótico—. Pues ahà lo tienes.
La Mole no contestó, pero alargó la mano a Coconnas.