La Reina Margot

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Al mismo tiempo distinguió al otro extremo del camino principal las plumas blancas y los arcabuces de la guardia del rey.

Por último reconoció al propio rey, en el mismo momento en que por el otro extremo del camino asomaba el rey de Navarra.

Entonces dibujó una cruz en el aire con su sombrero, señal convenida para indicar que todo estaba perdido.

Al verla, Enrique volvió grupas y desapareció.

Hundiendo las espuelas en el vientre de su caballo, De Mouy emprendió la fuga y, al pasar junto a La Mole y Coconnas, les gritó las palabras de advertencia que ya conocemos.

Por su parte, Carlos IX, que había notado la desaparición de Enrique y de Margarita, llegaba, escoltado por el duque de Alençon, junto a la cabaña, donde dio orden de que encerraran a todos los que estuvieran no sólo en el pabellón, sino desperdigados por el bosque, muy convencido de que estarían encerrados allí los reyes de Navarra.

Alençon, lleno de confianza, galopaba al lado del rey, cuyos dolores cada vez más agudos no hacían más que aumentar su mal humor. Dos o tres veces estuvo a punto de desmayarse y tuvo un vómito de sangre.


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