La Reina Margot

La Reina Margot

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—Vamos, vamos —dijo al llegar—, despachemos de una vez; quiero regresar al Louvre cuanto antes. Sacad a todos esos herejes, que hoy es el día de San Blas, primo de san Bartolomé.

Obediente a las órdenes del rey, el grupo de picas y arcabuces se puso en movimiento y obligó a los hugonotes a que salieran uno tras otro de la cabaña.

Pero ni el rey de Navarra, ni Margarita, ni De Mouy aparecieron.

—¿Dónde está Enrique? —dijo Carlos volviéndose hacia su hermano—. ¿Y Margarita? Vos me los habéis prometido, Alençon, y, ¡pardiez!, es preciso que me los encontréis.

—En ninguna parte hemos visto al rey ni a la reina de Navarra, señor —dijo el capitán de Nancey.

—Aquí están —dijo la señora de Nevers.

En efecto, en aquel preciso momento aparecieron por un sendero que conducía al río Enrique y Margarita, tranquilos ambos como si nada hubiera ocurrido.

Cada cual traía su halcón en la mano y venían tan amorosamente emparejados que sus caballos, galopando al unísono, parecían acariciarse con el hocico.

Entonces fue cuando el duque de Alençon, furioso, mandó dar una batida por los alrededores, que dio como resultado la detención de La Mole y de Coconnas en su escondite de hiedra[43].


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