La Reina Margot

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Capítulo XXI

EL espectáculo que vieron los jóvenes al entrar en el círculo fue de aquellos que no se olvidan jamás, aunque sólo se hayan gozado un instante.

Carlos IX, como ya hemos dicho, había pasado revista a todos los caballeros encerrados en la choza de los monteros y sacados de allí uno tras otro por los guardias.

Tanto él como el duque de Alençon seguían el desfile con curiosidad en espera de que saliera, cuando le llegara su turno, el rey de Navarra.

Su espera fue inútil. Ni el rey ni la reina de Navarra estaban allí; era preciso saber, por lo tanto, dónde se hallaban.

Así, pues, cuando se vio aparecer en el fondo del sendero a los dos jóvenes esposos, Alençon palideció y Carlos sintió que se le dilataba el corazón. Instintivamente deseaba que todo lo que le había obligado a hacer su hermano recayera sobre el propio Francisco.

«Se nos escapará otra vez —pensó el duque, poniéndose pálido».

El rey fue presa en aquel instante de unos dolores de estómago tan violentos, que soltó las riendas, se llevó las manos al sitio dolorido y comenzó a gritar como si estuviera en pleno delirio.


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