La Reina Margot

La Reina Margot

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—¿Qué caballeros? —contestó Enrique, mirando a su alrededor inquisitivamente.

—¡Vuestros hugonotes, pardiez! —dijo Carlos—. En todo caso, si alguien los ha invitado no fui yo.

—Desde luego, señor —replicó Enrique—, pero puede haberlos invitado el señor duque de Alençon.

—¡Alençon!

—¿Yo? —dijo el duque.

—Sí, hermano mío —repuso Enrique—. ¿No anunciasteis ayer que erais rey de Navarra? No os extrañe que estos hugonotes, que os quieren como soberano, vengan a agradeceros a vos que hayáis aceptado la corona y al rey por habérosla otorgado. ¿No es así, señores?

—¡Sí! ¡Sí! —gritaron veinte voces—. ¡Viva el duque de Alençon! ¡Viva el rey Carlos!

—Yo no soy rey de los hugonotes —dijo Francisco trémulo de ira.

Luego, mirando a Carlos por el rabillo del ojo, añadió:

—Y espero que no lo seré nunca.

—¡No importa! —dijo Carlos—. Vos mismo sabéis, Enrique, que todo esto es muy extraño.

—Señor —dijo el rey de Navarra con firmeza—, cualquiera diría que estoy sufriendo un interrogatorio.

—Y si yo os dijera que en efecto es así, ¿qué me responderíais?


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