La Reina Margot
La Reina Margot
L quedarse solo, Carlos se extrañó de que no apareciera ninguno de sus dos amigos más fieles; eran estos su nodriza Magdalena y su galgo Acteón.
«La nodriza se habrá marchado a cantar sus salmos a casa de algún hugonote que conozca —se dijo—, y Acteón debe de estar aún resentido del latigazo que le di esta mañana».
Cogió una vela y entró en el cuarto de la buena mujer. Allí no había nadie.
Como se recordará, una puerta de la habitación de Magdalena comunicaba con la sala de armas. El rey se acercó a esta puerta.
Apenas había andado unos pasos cuando volvió a sufrir una de aquellas crisis que padeció durante la cacería. Le hacía el efecto de que le atravesaban las entrañas con un hierro al rojo. Una sed inextinguible le atormentaba; como viera sobre una mesa una taza de leche, se la bebió de un tirón, sintiéndose después algo más aliviado.
Cogió de nuevo la vela que dejara sobre un mueble y entró en la sala de armas.
Con gran asombro por su parte, Acteón no salió a recibirle. ¿Le habrían encerrado? En todo caso, al oír que su amo estaba ya de regreso, aullaría.
