La Reina Margot
La Reina Margot —Sà —dijo—, este perro ha sido envenenado, ¿no es verdad?
—Me temo que sÃ, señor.
—¿Y con qué clase de veneno?
—Me parece que con uno de origen mineral.
—¿PodrÃais adquirir la certidumbre de que ha sido envenenado?
—Sin duda. Abriéndolo y examinando el estómago.
—Abridlo, no quiero tener ninguna duda.
—HabrÃa que llamar a alguien para que me ayudara.
—Yo mismo os ayudaré —dijo Carlos.
—¿Vos, señor?
—SÃ, yo. Decidme, si está envenenado, ¿qué sÃntomas encontraremos?
—Rubefacciones[44] y vegetación[45].
—Vamos —dijo Carlos—, manos a la obra.
Renato abrió con el escalpelo el abdomen del galgo y separó la piel con las dos manos, mientras que Carlos, rodilla en tierra, le iluminaba con mano crispada y trémula.
—Ved, señor —dijo Renato—, aquà hay señales evidentes. Estas rubefacciones son las que os predije y estas venas sanguinolentas, que parecen las raÃces de una planta, es lo que designé con el nombre de vegetación. Hallo aquà todo lo que buscaba.