La Reina Margot

La Reina Margot

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—Vuestra Majestad me ha enviado a buscar —dijo Renato con voz trémula.

—Sois un químico hábil, ¿no es cierto?

—Señor…

—Y sabéis todo lo que saben los mejores médicos.

—Vuestra Majestad exagera.

—No, me lo ha dicho mi madre. Por otra parte, tengo confianza en vos y preferí consultaros antes que a otro cualquiera. Mirad —añadió destapando el cadáver del galgo—, mirad por favor lo que este animal tiene entre los dientes y decidme de qué ha muerto.

Renato, con una vela en la mano, se inclinó hasta el suelo, tanto para disimular su confusión como para obedecer al rey. Carlos, de pie, sin apartar los ojos del florentino, aguardaba con una impaciencia fácil de comprender la palabra que podía ser su sentencia de muerte o su salvación.

El perfumista sacó de su bolsillo una especie de escalpelo, lo abrió, con la punta separó de la boca del animal los trozos de papel adheridos a sus encías.

Luego miró largamente y con atención el pus y la sangre que supuraban de las llagas.

—Señor —dijo temblando—, los síntomas no son nada buenos.

Carlos sintió que se le helaba la sangre.


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