La Reina Margot

La Reina Margot

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Carlos permaneció por un momento inmóvil bajo el peso de aquel terrible descubrimiento. Luego se puso en pie lanzando un quejido y se precipitó hacia la puerta.

—¡Renato! —gritó—. ¡Que vayan corriendo a buscar a Renato el florentino al puente de Saint-Michel y que le traigan; tiene que estar aquí antes de diez minutos! Montad cualquiera de vosotros a caballo y llevaos otro caballo de repuesto para estar más pronto de regreso. En cuanto a Ambroise Paré, si viene, hacedle esperar.

Un centinela salió corriendo para cumplir la orden de su amo.

—¡Oh! —refunfuñó Carlos—. Aunque tenga que torturar a todo el mundo, averiguaré quién fue el que dio este libro a Enriquito.

Sudorosa la frente, crispadas las manos y la respiración jadeante, Carlos permaneció con los ojos fijos sobre el cadáver de su perro.

Diez minutos después el florentino llamó tímidamente y, no sin cierto miedo, a la puerta de la habitación del rey. Existen ciertas conciencias para las que el cielo nunca está despejado.

—¡Entrad! —dijo Carlos.

El perfumista apareció. Carlos fue hacia él con gesto imperioso.


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