La Reina Margot

La Reina Margot

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El rey volvió a ponerse los guantes que se había quitado y levantó los pálidos labios del can para observar la dentadura. En los intersticios de los dientes había algunos fragmentos blanquecinos que se hallaban también adheridos a los puntiagudos colmillos.

Recogió algunos de aquellos fragmentos y reconoció que eran trocitos de papel.

En las partes de la encía más próximas a los trozos de papel la inflamación era más violenta, la carne aparecía hinchada y la piel roída par la acción del vitriolo.

Carlos miró atentamente a su alrededor. Sobre la alfombra descubrió dos o tres trozos de papel semejantes a los que había visto en la boca del perro. En uno de estos trozos, mayor que los demás, podía distinguirse parte de un grabado.

Sintió que los cabellos se le erizaban, pues reconoció en aquel papel un fragmento del grabado que representaba a un señor cazando con halcón y que Acteón había arrancado del libro de cetrería.

—¡Ah! —dijo palideciendo—. ¡El libro estaba envenenado!

Luego, evocando los recuerdos:

—¡Por todos los demonios! —gritó—. ¡He tocado cada una de sus páginas con el dedo y después me he llevado el dedo a la boca para humedecerlo! Estos desmayos, estos dolores, los vómitos… ¡Me muero!


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