La Reina Margot
La Reina Margot Carlos le llamó, silbó; el animal siguió sin aparecer. El rey avanzó algunos pasos, y como iluminara el rincón de la habitación vio allí una masa inerte que yacía en el suelo.
—¡Hola! ¡Acteón, aquí! —dijo Carlos.
Silbó de nuevo.
El perro no se movió tan siquiera.
Carlos corrió hacia donde estaba y le tocó. El pobre animal estaba tieso y frío. De su boca contraída por el dolor habían caído algunas gotas de hiel y una baba espumosa y sanguinolenta se extendía por el suelo. El perro había encontrado una prenda de vestir de su amo; había querido morir apoyando la cabeza sobre aquel objeto que representaba al amigo.
Ante aquel espectáculo que le hizo olvidar sus propios dolores y le devolvió toda su energía, la cólera exaltó sus venas y tuvo el impulso de gritar. Pero encadenados como están a su propia grandeza, los reyes no son dueños de ese primer impulso por el que todo hombre puede dejarse arrastrar llevado por una pasión o actuando en defensa propia. Carlos comprendió que se trataba de alguna traición y se calló.
Arrodillado ante su perro, examinó el cadáver con mirada experta. Los ojos estaban vidriosos, la lengua roja y llena de pústulas. Parecía víctima de una extraña enfermedad que hizo estremecer a Carlos.