La Reina Margot
La Reina Margot —Señor, es un veneno terrible —repitió una vez más Renato.
—Sin embargo, no ocasiona instantáneamente la muerte —dijo Carlos.
—No, pero la muerte es segura; poco importa el tiempo que tarde en ocasionarla; a veces hasta puede calcularse.
Carlos se reclinó sobre la mesa de mármol.
—Ahora —dijo a Renato cogiéndole por el hombro—, ¿conocéis este libro?
—¿Yo, señor? —dijo Renato poniéndose pálido.
—SÃ, vos; al verlo os habéis delatado.
—Señor, os juro…
—OÃdme bien, Renato: vos habéis envenenado a la reina de Navarra con unos guantes, al prÃncipe de Porcian con el humo de una lamparilla; intentasteis envenenar al señor de Condé con una manzana perfumada… Renato, os haré desollar vivo con una tenaza al rojo si no me decÃs a quién pertenece este libro. El florentino comprendió que no podÃa jugar con la cólera de Carlos IX y resolvió ser audaz.
—Y si digo la verdad, señor, ¿quién me garantizará que no seré castigado más cruelmente aún que si callo? —Yo.
—¿Me dais vuestra palabra de rey?