La Reina Margot
La Reina Margot —A fe de caballero, os digo que no os pasará nada.
—En ese caso, este libro me pertenece —dijo Renato.
—¿A vos? —dijo Carlos retrocediendo y contemplando al envenenador con una mirada extraviada.
—Sí, a mí.
—¿Y cómo salió de vuestras manos?
—Fue Su Majestad la reina madre quien se lo llevó de mi casa.
—¡La reina madre! —exclamó Carlos.
—Sí.
—¿Con qué propósito?
—Con el propósito, según creo, de enviárselo al rey de Navarra, quien había pedido al duque de Alençon un libro de ese género para estudiar la caza con halcón.
—¡Oh! Ya comprendo —dijo Carlos—. En efecto, este libro estaba en el aposento de Enriquito. Me persigue la fatalidad.
El rey sufrió en aquel momento un acceso de tos seca y violenta al que sucedió un nuevo dolor en el estómago. Lanzó dos o tres gritos ahogados y se desplomó en una silla.
—¿Qué tenéis, señor? —preguntó Renato aterrorizado.