La Reina Margot
La Reina Margot —Nada —dijo Carlos—; sólo tengo sed: dadme de beber.
Renato echó agua en una copa y se la presentó con mano temblorosa a Carlos, quien la apuró de un solo trago.
—Ahora —dijo Carlos cogiendo una pluma y mojándola en el tintero, escribid sobre este libro.
—¿Qué queréis que escriba?
—Lo que os voy a dictar: «Este tratado de caza con halcón fue dado por mà a la reina madre Catalina de Médicis».
Renato cogió la pluma y escribió.
—Ahora firmad. El florentino firmó.
—Me prometisteis que conservarÃa la vida —dijo el perfumista.
—Por mi parte cumpliré lo prometido.
—Pero —dijo Renato— ¿y por parte de la reina madre?
—¡Oh! —dijo Carlos—. Eso no me incumbe; si os atacan, defendeos.
—Señor, ¿podré salir de Francia cuando crea que mi vida esté amenazada?
—Os responderé dentro de quince dÃas.
—Y entre tanto Carlos, frunciendo el ceño, se llevó el dedo a los labios.
—¡Oh! Podéis estar tranquilo, señor.