La Reina Margot

La Reina Margot

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Muy dichoso por haber salido del paso tan fácilmente, el florentino saludó y se fue. Cuando se hubo marchado apareció la nodriza por la puerta de su alcoba.

—¿Qué hay, Carlitos? —preguntó.

—Nodriza, salí con el rocío de la madrugada y he debido de ponerme malo.

—En efecto, estás muy pálido, mi querido, Carlitos.

—Es que me encuentro muy débil. Dadme el brazo, nodriza, para llegar hasta mi cama. La mujer se acercó solícita. Carlos se apoyó en ella y fue hasta su alcoba.

—Ahora —dijo Carlos— me acostaré sin ayuda de nadie.

—¿Y si viene Ambroise Paré?

—Le dirás que me encuentro mejor y que ya no le necesito.

—Y entre tanto ¿qué vas a tomar?

—¡Oh! Una medicina muy sencilla —dijo Carlos—: Claras de huevo batidas con leche. A propósito, nodriza —continuó—, el pobre Acteón ha muerto. Mañana por la mañana será preciso enterrarlo en un rincón del jardín del Louvre. Era uno de mis mejores amigos… Le haré construir una tumba… si es que tengo tiempo.


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