La Reina Margot

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Capítulo XXIII

TAL y como había ordenado Carlos, Enrique fue conducido aquella misma tarde al bosque de Vincennes. Allí se erguía el famoso castillo del que hoy sólo quedan las ruinas, fragmentos colosales que bastan para dar una idea de su grandeza pasada.

El viaje se hizo en litera. Iban a cada lado cuatro guardias y delante el señor de Nancey, portador de la orden que abriría a Enrique las puertas de la prisión protectora.

Al llegar a la poterna de la fortaleza se detuvieron. El señor de Nancey se bajó del caballo, abrió la puerta cerrada con cadenas e invitó respetuosamente al rey a que descendiera de la litera.

Enrique obedeció sin hacer la más mínima objeción. Cualquier sitio le parecía más seguro que el Louvre y cada puerta que se cerraba tras él era una puerta más que le separaba de Catalina de Médicis.

El prisionero atravesó el puente levadizo llevando un soldado a cada lado, atravesó las tres puertas de entrada y las tres que daban paso a la escalera; luego, precedido siempre por el señor de Nancey, subió un piso. Al llegar allí, viendo el capitán de guardias que se disponía a seguir subiendo; le dijo:

—Deteneos aquí, monseñor.

—¡Ah! —respondió Enrique—. Por lo visto se me hacen los honores del piso principal.


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