La Reina Margot
La Reina Margot —Señor —respondió de Nancey—, os tratan como rey que sois.
«¡Diablos! —pensó Enrique—. Dos o tres pisos más no me hubieran humillado en modo alguno. Aquà estaré demasiado bien; sospecharán cualquier cosa».
—¿Quiere seguirme Vuestra Majestad? —dijo el señor de Nancey.
—¡Por Dios! —respondió el rey de Navarra—. Sabéis muy bien, señor, que no se trata aquà de lo que yo quiera, sino de lo que ordene mi hermano Carlos. ¿Ordena él que yo os siga?
—SÃ, señor.
—En tal caso, ya os sigo.
Se internaron por una especie de corredor hasta encontrar una sala bastante amplia, de paredes sombrÃas y aspecto lúgubre.
Enrique miró en torno suyo sin dar señales de inquietud.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—Esta es la sala de los tormentos, monseñor.
—¡Ah! ¡Ah! —dijo el rey mirando atentamente la estancia que cruzaban.