La Reina Margot

La Reina Margot

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Había de todo en aquella sala: jarros y caballetes para administrar la tortura del agua y cuñas y mazos para hacer confesar al reo. Alrededor de la sala había una serie de bancos de piedra para los desdichados que esperaban el tormento y, clavadas en la pared, unas argollas de hierro puestas sin otra simetría que la inspirada por aquel arte siniestro. Su proximidad a los bancos indicaba claramente que servían para apresar los miembros de quienes estuvieran sentados. Enrique continuó su camino sin decir palabra, pero sin perder un solo detalle de aquel odioso sistema que dejaba escrita, por así decirlo, la historia del dolor sobre las paredes. La atención con que miraba todo aquello hizo que no mirase a sus pies, lo que fue causa de que tropezase.

—¡Eh! ¿Qué es esto? —dijo Enrique, señalando una especie de surco abierto en las losas muy húmedas del piso.

—Es el desagüe, señor.

—¿Llueve aquí?

—Sí, señor, sangre.

—¡Ah, ya! —replicó el rey—. ¿Y falta mucho para llegar a mi cuarto?

—Ya estamos; monseñor —dijo una sombra que se dibujaba en la oscuridad y que a medida que se acercaban a ella parecía más definida y palpable.


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