La Reina Margot

La Reina Margot

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—A fe mía, señor, hice bien en invitaros a que me dierais en seguida los cien escudos gracias a los cuales consiento en dejaros hablar con vuestro amigo; si no me los hubieseis dado, el gobernador os los habría quitado junto con los otros trescientos, y mi conciencia no me permitiría hacer ya nada por vos. Pero como me habéis pagado por anticipado y os prometí que le veríais, venid… Un hombre honrado no tiene más que una palabra… Únicamente, si es posible, os ruego, tanto por vos como por mí, que no habléis de política.

La Mole salió de la celda y se encontró con Coconnas, que se pasaba por las baldosas de la habitación contigua.

Los dos amigos se arrojaron uno en brazos del otro.

El carcelero hizo como que se enjugaba los ojos y salió para vigilar, no fuera que alguien sorprendiera a los presos o, mejor dicho, le sorprendiera a él.

—¡Ah! Al fin te veo —dijo Coconnas—. ¿Te visitó ese odioso gobernador?

—Igual que a ti, supongo.

—¿Y lo quitó todo?

—Lo mismo que a ti.

—¡Oh! Yo no tenía gran cosa, solamente la sortija de Enriqueta.

—¿Y dinero en efectivo?


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