La Reina Margot
La Reina Margot —Di cuanto tenÃa a este buen carcelero para que nos proporcionara una entrevista.
—¡Perfecto! —dijo La Mole—. El bribón recibe, por lo visto, con las dos manos.
—¿Cómo? ¿Tú también le pagaste?
—SÃ, le di cien escudos.
—Bueno, más vale que nuestro carcelero sea un miserable.
—Sin duda, conseguiremos de él cualquier cosa con dinero; y según espero, no ha de faltarnos dinero.
—Y ahora ¿tú comprendes lo que nos ha sucedido?
—SÃ…, hemos sido delatados.
—Por el execrable duque de Alençon. TenÃa yo razón cuando quise retorcerle el pescuezo.
—¿Crees que es grave nuestra situación?
—Me temo que sÃ. De modo que tendremos que sufrir… el tormento.
—No he de ocultarte que ya pensé en ello. ¿Y qué dirás si llegan hasta semejante extremo?
—¿Y tú?
—Yo guardaré silencio —respondió La Mole con un rubor febril.
—¿Te callarás? —exclamó Coconnas.
—SÃ, si tengo fuerza bastante.
—Pues bien, yo lo aseguro —dijo Coconnas— que si me hacen esa infamia diré muchas cosas.