La Reina Margot
La Reina Margot —Vengo del Piamonte.
—¡Pien, pien! Esto es otra cosa. ¿Y cómo os llamáis?
—Soy el conde Annibal de Coconnas.
—¡Pueno! ¡Pueno! Tadme la cagta, sinior Annibal, y tádmela.
—Vaya un hombre amable —se dijo La Mole—. ¡Si pudiera encontrar otro igual que me condujera ante el rey de Navarra!
—Pero tadme la cagta —continuó el gentilhombre alemán extendiendo la mano hacia Coconnas, que vacilaba.
—¡Cáspita! —dijo el piamontés desconfiado como un semiitaliano—. No sé si debo. Tan siquiera tengo el honor de conoceros, señor.
—Soy Pesme; bertenezco al serficio del sinior de Güise.
—Pesme… —murmuró Coconnas—. No conozco ese nombre.
—Es el señor de Besme —dijo el centinela—. La pronunciación os confunde. Dadle vuestra carta, yo respondo.
—¡Ah! ¡Es el señor Besme! —exclamó Coconnas—. ¡Ya lo creo que lo conozco! ¡Cómo no! Con el mayor placer. Aquà tenéis mi carta y perdonad mi duda. Es preciso dudar cuando se quiere ser fiel.