La Reina Margot

La Reina Margot

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Había numerosa guardia en el Louvre; todos los puestos parecían reforzados. Nuestros dos viajeros se quedaron al principio un tanto perplejos. Pero Coconnas, que había notado que el nombre del duque de Guisa era una especie de talismán para los parisienses, se acercó a un centinela y, mencionando este nombre omnipotente, preguntó si, gracias a él, podría entrar en el Louvre.

El nombre pareció ejercer sobre el centinela el efecto acostumbrado; sin embargo, también preguntó a Coconnas el santo y seña.

Coconnas se vio obligado a confesar que no lo sabía.

—Retiraos entonces, caballero —dijo el soldado.

En este momento, un hombre que conversaba con el oficial de guardia y oyó a Coconnas pedir permiso para entrar en el Louvre, interrumpiendo su charla se le acercó y le dijo:

—¿Qué quiere vos del sinnior de Güise?

—Yo querer hablarle —respondió Coconnas sonriendo.

—Imposible, el dugue estar con el rey.

—Sin embargo, tengo una carta llamándome a París.

—¡Ah! ¿Fos tener una cagta?

—Sí, y vengo desde muy lejos.

—¡Ah! ¿Fos llegar teste muy lejos?


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