La Reina Margot

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Capítulo V

LOS dos gentiles hombres, informados por la primera persona que encontraron, tomaron por la calle de Averon, luego por la de Saint-Germain d’Auxerre y no tardaron en hallarse ante el Louvre, cuyas torres se confundían ya con las primeras sombras de la noche.

—¿Qué os ocurre? —preguntó Coconnas a La Mole que, absorto a la vista del viejo castillo, miraba con profundo respeto los puentes levadizos, las ventanas estrechas y los campanarios puntiagudos que se presentaban ante sus ojos.

—¡A fe mía que no lo sé! —dijo La Mole—. Pero el corazón me late agitado. No soy cobarde, pero no sé por qué este palacio me parece sombrío y hasta diría terrible.

—Pues a mí no sé lo que me pasa —dijo Coconnas—, pero siento una alegría extraña. Mi aspecto es algo descuidado —continuó observando su traje de viaje—; pero ¡bah!, tengo apostura de caballero. Además, las órdenes me indicaban rapidez. Seré, pues, bien acogido, ya que obedezco puntualmente.

Y los dos jóvenes continuaron su camino, preocupado cada cual por los sentimientos que había expresado.


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