La Reina Margot
La Reina Margot Catalina, Francisco y Margarita fueron advertidos de que el rey recibía a la corte.
Los tres fueron a la habitación, mediando entre la entrada de uno a otro muy poco intervalo. Catalina entró calmosamente, Alençon sonriente y Margarita abatida.
Catalina se sentó a la cabecera de la cama de su hijo sin advertir la mirada con que este la recibió cuando la vio acercarse.
Alençon se situó a los pies y permaneció de pie.
Margarita se apoyó en un mueble y, al contemplar la pálida frente, el rostro demacrado y los ojos hundidos de su hermano, no pudo contener un suspiro, y una lágrima corrió por sus mejillas.
Carlos, a quien nada se le escapaba, vio la lágrima y oyó el suspiro, por lo que hizo a Margarita un signo imperceptible con la cabeza.
Aquel gesto, por imperceptible que fuese, iluminó el semblante de la pobre reina de Navarra, a quien Enrique no había tenido tiempo de decirle nada o no juzgó oportuno hacerlo.
Temía por la suerte de su marido y temblaba por la de su amante.
Por ella misma no abrigaba ninguna zozobra, pues conocía demasiado bien a La Mole y sabía hasta qué punto podía contar con él.