La Reina Margot
La Reina Margot En la corte nadie sospechaba la causa de la enfermedad del rey. Ambroise Paré y su colega Mazille habían diagnosticado una inflamación del estómago, tomando equivocadamente el efecto por la causa. Por consiguiente, habían prescrito un régimen calmante que por fortuna contribuía a la acción de la bebida indicada por Renato y que Carlos tomaba tres veces al día de manos de su nodriza, como base principal de su alimentación.
La Mole y Coconnas seguían también en la fortaleza de Vincennes rigurosamente incomunicados. Margarita y la señora de Nevers habían hecho diez tentativas de llegar hasta ellos o, al menos, de lograr que les transmitieran un mensaje, pero sus esfuerzos resultaron vanos.
Una mañana, entre las alternativas que experimentaba en el curso de su enfermedad, sintióse Carlos un poco mejor y quiso que se dejase entrar hasta su alcoba a toda la corte, que, como de costumbre, y pese a la suspensión de la audiencia matinal, se presentaba todas las mañanas en las habitaciones del rey. Las puertas se abrieron de par en par y todo el mundo pudo reconocer por la palidez de sus mejillas, por el tono marfileño de su frente y por la llama febril de sus ojos, hundidos en el fondo de negras ojeras, los terribles estragos que la desconocida enfermedad había causado sobre el cuerpo del joven monarca.
La alcoba del rey se llenó rápidamente de cortesanos interesados y curiosos.