La Reina Margot

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Capítulo XXIV

DESDE hacía ocho días, Carlos se hallaba postrado en el lecho, debilitado por una fiebre extenuante, interrumpida por violentos accesos parecidos a los ataques epilépticos. Durante aquellos accesos daba a veces unos gritos que oían con terror los guardias que estaban en su antecámara y cuyo eco resonaba por los rincones del viejo Louvre, hartos de despertarse de un tiempo a esta parte sobresaltados por tantos ruidos siniestros. Luego, una vez calmado el acceso, abrumado de fatiga y con los ojos sin brillo, se apoyaba en los brazos de su nodriza y guardaba un silencio que parecía, a la vez, despectivo y terrorífico.

Decir lo que Catalina de Médicis y el duque de Alençon, incomunicados por completo, ya que la madre y el hijo se huían mutuamente, guardaban en el fondo de sus siniestros corazones, sería pretender describir el inmundo espectáculo de un nido de víboras.

Enrique continuaba preso y, de acuerdo con sus propios deseos, nadie pudo obtener permiso para visitarle, ni siquiera Margarita. Ante los ojos de todos su desdicha era completa. Catalina y Francisco respiraban tranquilos, creyéndole perdido, y Enrique, sintiéndose olvidado, comía y bebía con mayor apetito.


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