La Reina Margot
La Reina Margot —Señor —dijo la reina—, os he oĂdo afirmar hace un momento que vuestros mĂ©dicos son sabios doctores…
—Y lo sigo afirmando, señora…
—Sin embargo, ¿qué han hecho desde que estáis enfermo?
—Nada, es cierto… pero si hubieseis oĂdo lo que decĂan… En verdad, señora, uno quisiera estar enfermo siempre nada más que por escuchar tan sabias disertaciones.
—Pues bien, ÂżquerĂ©is que os explique una cosa, hijo mĂo?
—¡CĂłmo no! DecĂdmela, madre mĂa.
—Sospecho que todos esos grandes doctores no saben una palabra de vuestro mal.
—¿De veras, señora?
—Ellos ven quizás el resultado, pero ignoran las causas.
—Es posible —dijo Carlos sin comprender hasta dĂłnde querĂa llegar su madre.
—De tal modo que tratan los sĂntomas en lugar de tratar la enfermedad que los provocan.
—¡Por mi alma! —replicĂł asombrado Carlos—. Creo que tenĂ©is razĂłn, madre mĂa.