La Reina Margot

La Reina Margot

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Alençon hizo un movimiento como para acercarse a su hermano, pero una fuerza interior le detuvo. Saludó y se fue.

Margarita se abalanzó sobre la descarnada mano que su hermano le tendía y, tras oprimirla y besarla, salió a su vez.

—¡Qué buena es Margot! —murmuró Carlos.

Sólo quedó Catalina, que seguía sentada a la cabecera de la cama. Carlos, al verse cara a cara con ella, se volvió de espaldas con el mismo sentimiento de repulsión con que se hubiera apartado de una serpiente.

El rey, informado por la confesión de Renato, y luego afirmado en su idea a través de largas horas de silencio y meditación, no tenía ya siquiera el consuelo de una duda.

Sabía perfectamente a quién y a qué debía atribuir su muerte.

Así, pues, cuando Catalina se aproximó al lecho y alargó hacia su hijo una mano tan fría como su mirada, este se estremeció y tuvo miedo.

—¿Os quedáis, señora?

—Sí, hijo mío —repuso Catalina—, tengo que hablaros de cosas importantes.

—Hablad, señora —dijo Carlos, apartándose cuanto pudo de su lado.


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