La Reina Margot
La Reina Margot
STUPENDO, mi valiente amigo, estupendo —dijo Coconnas a La Mole cuando los dos compañeros se encontraron después del interrogatorio en que por vez primera se habÃa hablado de la figurita de cera—. Me parece que todo marcha a la perfección y que no tardaremos en vernos libres de los jueces, lo cual no es lo mismo que si nos viéramos libres del médico, sino todo lo contrario, pues, cuando un médico se aparta del enfermo, es porque ya no puede salvarle, mientras que, cuando un juez deja en paz al acusado, es porque ha perdido la esperanza de hacer que le corten la cabeza.
—Sà —dijo La Mole—, me parece reconocer en la complacencia y docilidad de los carceleros y en la elasticidad de las puertas a nuestras dos nobles amigas, pero a quien no reconozco es al señor Beaulieu, por lo menos a juzgar por la idea que me habÃan dado de él.
—En cambio, yo sà le reconozco —respondió Coconnas—, sólo que esto costará más caro, pero ¡basta!, una es princesa y la otra reina; ambas son ricas y jamás han tenido mejor oportunidad que esta para emplear su dinero. Ahora repasemos bien nuestra lección; nos llevan a la capilla, allà nos dejan bajo la custodia de nuestro carcelero, encontramos un puñal para cada uno en el sitio indicado y yo practico un agujero en el vientre de nuestro guÃa.
