La Reina Margot
La Reina Margot —Sà —dijo Coconnas—, ¿pero qué opinas del miedo entre cuatro paredes? Yo puedo hablar de esto porque he sentido algo semejante. Cuando vi por primera vez en mi celda el pálido semblante de Beaulieu, brillaban detrás de él las partesanas y se oÃa el ruido siniestro del entrechocar de los aceros. Te juro que pensé inmediatamente en el duque de Alençon y esperé que de un momento a otro apareciera su cabeza de villano entre las de los alabarderos. Me equivoqué, y ese fue mi único consuelo, pero no me equivoqué del todo, pues al llegar la noche soñé con él.
—Por lo tanto —dijo La Mole, que seguÃa sus alegres pensamientos sin acompañar a su amigo al terreno de lo fantástico—, ellas han previsto todos los detalles, incluso el lugar adonde debemos dirigirnos. Iremos a Lorena. En verdad, hubiese preferido ir a Navarra, pues allà estarÃa en mis dominios, pero Navarra está demasiado lejos. Nancey nos conviene más; por otra parte, tan solo ochenta leguas nos separarán de ParÃs. ¿Sabéis, Annibal, lo que siento?
—No, a fe mÃa. Te confieso que a mà no me causa ninguna pena el irme de aquÃ.
—Pues lo que siento más es no poder llevarme a ese digno carcelero en lugar de…