La Reina Margot
La Reina Margot —¡Pero él no querrÃa venir! —dijo Coconnas—. PerderÃa demasiado; piénsalo un poco: quinientos escudos nuestros, una recompensa del Gobierno y quién sabe si un ascenso. ¡Pues no va a sentirse poco feliz el condenado cuando yo le de muerte!… Pero ¿qué tienes?
—Nada, tuve una idea.
—Que no debió de ser nada agradable a juzgar por lo palidez.
—Es que me pregunto por qué razón nos llevarán a la capilla.
—¡Valiente cosa! —dijo Coconnas—. Para cumplir con la Iglesia; creo que ha llegado el momento.
—Pero —agregó La Mole— sólo llevan a la capilla a los condenados a muerte o a los que han sido torturados.
—¡Oh! ¡Oh! —exclamó Coconnas, palideciendo levemente—. Esto merece nuestra atención. Interroguemos sobre el particular al hombre a quien debo destripar. ¡Eh amigo!…
—¿Me llamáis, señor? —preguntó el carcelero, que vigilaba desde los primeros peldaños de la escalera.
—SÃ, ven acá.
—Aquà estoy.
—Se ha convenido que nos escaparemos de la capilla, ¿no es cierto?