La Reina Margot
La Reina Margot Coconnas empezaba ya a dormirse cuando le sobresaltó el chirrido de la cerradura.
—¡Oh! ¡Oh! —se dijo—. ¿Será ya la hora y nos llevarán a la capilla sin ser condenados? ¡Voto al diablo! Será un gran placer huir en una noche como esta, oscura como boca de lobo. ¡Con tal de que los caballos no se espanten!
Se preparaba a interrogar jovialmente al carcelero, cuando vio que este se llevaba un dedo a los labios y abrÃa los ojos de un modo muy elocuente.
En efecto, se oyó un ruido a sus espaldas y se distinguieron dos sombras.
De pronto, en medio de la penumbra, distinguió un par de cascos que brillaban a la luz de las antorchas.
—¿Qué quiere decir este siniestro aparato? —preguntó a media voz—. ¿Adónde vamos?
El carcelero sólo respondió con un suspiro que resultó bastante tétrico.
—¡Voto al diablo! —murmuró Coconnas—. ¡Qué existencia tan endemoniada! Siempre en los extremos; o se sumerge uno a cien pies de profundidad o vuela por encima de las nubes; no hay término medio, el caso es no pisar nunca tierra firme. Veamos, ¿adónde me llevan?
—Seguid a los alabarderos, señor —contestó una voz gangosa que hizo comprender a Coconnas que habÃa otra persona además de los soldados.