La Reina Margot
La Reina Margot —¿Y el señor de La Mole? —preguntó—. ¿Dónde está? ¿Qué ha sido de él?
—Seguid a los alabarderos —repitió la voz en el mismo tono.
Era preciso obedecer. Coconnas salió de su celda y vio al hombre cuya voz le resultara tan desagradable. Tratábase de un escribano jorobado que sin duda habÃa adoptado la toga para que no se le notase que era patizambo.
Bajaron lentamente la escalera de caracol. Al llegar al primer piso, los guardias se detuvieron.
—Es mucho bajar —dijo Coconnas—, pero nunca es lo bastante.
Abrióse la puerta. Coconnas tenÃa ojos de lince y olfato de sabueso. Presintió a los jueces y vio en la sombra una silueta de hombre, con los brazos desnudos, que le hizo correr el sudor por la frente. Sin embargo, adoptó una expresión amable, inclinó la cabeza hacia la izquierda según el código de buenas maneras de la época y, con la mano en el cinturón, entró en la sala.
Levantaron un tapiz y Coconnas descubrió en efecto a los jueces y escribanos.
A pocos pasos de ellos estaba La Mole sentado en un banco.
Coconnas fue conducido ante el tribunal. Al hallarse en presencia de los jueces saludó a La Mole con un movimiento de cabeza y una sonrisa y esperó.