La Reina Margot

La Reina Margot

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—En cuanto a eso yo no estaba cerca del rey y nada puedo decir. Hasta ignoraba que hubiese sufrido mal alguno.

Los jueces se miraron sonriendo incrédulamente.

—¡Ah! ¿Conque no lo sabíais? —dijo el presidente.

—No, señor, y lo lamento. Aunque el rey de Francia no sea mi soberano, siento una gran simpatía por él.

—¿De veras?

—¡Palabra de honor! No es como si se tratase de su hermano, el duque de Alençon. A ese, confieso…

—No se trata aquí del duque de Alençon, señor, sino de Su Majestad.

—Ya os he dicho que soy su humilde servidor —respondió Coconnas, contoneándose con una insolencia encantadora.

—Si sois efectivamente su servidor, como pretendéis, ¿queréis decirnos cuanto sepáis de cierta estatuita mágica?

—¡Vaya! Volvemos a la historia de la estatuita, según parece.

—Sí, señor, ¿no os agrada?

—Al contrario, prefiero esto; empezad.

—¿Por qué estaba esta estatuita en el aposento del señor de La Mole?


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