La Reina Margot
La Reina Margot —¿Pero persistÃs, sin embargo, en declarar que esta estatua representa a una mujer? —SÃ.
—Lo que no quita para que vos os neguéis a decir quién es esta mujer.
—Se trata de una mujer de mi paÃs —dijo La Mole—, a quien amaba y por quien deseaba ser amado.
—No es a vos a quien se pregunta, señor de La Mole —gritó el presidente—, y una vez más os recomiendo silencio, pues de lo contrario seréis amordazado.
—¡Amordazado! —exclamó Coconnas—. ¿Cómo os atrevéis a decir semejante cosa, señor de la toga negra? ¡Amordazar a mi amigo!… ¡A un gentilhombre! ¡Vamos, vamos!…
—Haced entrar a Renato —dijo el procurador general Laguesle.
—SÃ, hacedle entrar —dijo Coconnas—, y asà veremos quién tiene razón, si vosotros tres o nosotros dos. Ninguno de los dos amigos hubiera reconocido a Renato en aquel hombre pálido y envejecido que entró encorvado bajo el peso del crimen que iba a cometer, más que por la pesadumbre de los ya cometidos.
—Maese Renato —preguntó el juez—, ¿reconocéis a los dos acusados aquà presentes?
—SÃ, señor —respondió Renato, con una voz velada por la emoción.
—¿Dónde los habéis visto?
—En varios sitios y especialmente en mi casa.