La Reina Margot

La Reina Margot

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—¿Cuántas veces estuvieron en vuestra casa?

—Una sola.

A medida que hablaba el florentino, se ensanchaba el semblante de Coconnas. El rostro de La Mole permanecía por el contrario serio, cual si el joven hubiera tenido algún presentimiento.

—¿Con qué motivo estuvieron en vuestra casa?

Renato pareció dudar un momento.

—Para encargarme una figurita de cera.

—Perdonad, perdonad, maese Renato —dijo Coconnas—, cometéis un pequeño error.

—¡Silencio! —ordenó el presidente.

Y volviéndose hacia el perfumista continuó:

—¿Esa figurita era de hombre o de mujer?

—De hombre —contestó Renato.

Coconnas saltó como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

—¿De hombre? —dijo.

—Sí, de hombre —repitió Renato, pero con voz tan débil, que el presidente apenas si le oyó.

—¿Y por qué razón había de tener la estatua un manto real y una corona?

—Porque había de representar a un rey.

—¡Mentiroso! —gritó Coconnas desesperado.

—Cállate, Coconnas, cállate —interrumpió La Mole—, deja hablar a este hombre; cada cual es dueño de perder su alma.


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