La Reina Margot
La Reina Margot
NA vez que se vio encerrado en su nuevo calabozo, Coconnas, entregado a sí mismo y sin la excitación que le produjera la lucha contra sus jueces y la declaración hecha por Renato, empezó a hacerse una serie de tristes reflexiones.
—Me parece —se dijo— que esto se está poniendo muy feo y que sería hora de ir un rato a la capilla. Desconfío de las sentencias de muerte y no cabe duda de que en estos momentos nos están condenando. Desconfío sobre todo de las sentencias de muerte pronunciadas dentro del hermético recinto de una fortaleza, ante rostros tan desagradables como todos los que me rodeaban. Me parece que han tomado en serio esto de cortarnos la cabeza… ¡Hum! ¡Hum! Repito lo que acabo de decir: me parece que ha llegado el momento de ir a la capilla.
Estas palabras, pronunciadas a media voz, fueron seguidas de un silencio y este silencio fue interrumpido por un gemido sordo, ahogado y lúgubre, que no tenía nada de humano y el grito pareció atravesar el grueso muro e hizo vibrar el hierro de la reja.
