La Reina Margot

La Reina Margot

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—Muy sencillo —dijo Caboche mientras envolvía las piernas de Coconnas con vendas ensangrentadas—, supe que estabais preso, que se tramitaba vuestro proceso y que la reina Catalina exigía vuestra muerte. Supuse que os darían tormento y, en consecuencia, tomé mis precauciones.

—¿A riesgo de lo que ocurriese?

—Señor —dijo Caboche—, sois el único caballero que se ha dignado darme la mano, y aunque soy verdugo, o tal vez por eso mismo, tengo buen corazón y no me falta la memoria. Ya veréis cómo mañana cumplo puntualmente mi obligación.

—¿Mañana? —preguntó Coconnas.

—Sin duda, mañana.

—¿Qué obligación?

Caboche miró a Coconnas con asombro.

—¿Cómo? ¿Acaso habéis olvidado la sentencia?

—¡Ah! Sí, es cierto, la sentencia —dijo Coconnas—, ya no me acordaba.

En realidad, Coconnas no había olvidado su condena, pero no pensaba en ella.

Pensaba únicamente en la capilla, en el puñal escondido bajo el sagrado paño, en Enriqueta y en la reina, en la puerta de sacristía y en los dos caballos que esperarían en la entrada del bosque; pensaba en la libertad, en la carrera al aire libre y en la salvación más allá de las fronteras de Francia.


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