La Reina Margot
La Reina Margot —Ahora —dijo Caboche—, tenéis que pasar hábilmente del caballete a la camilla. No olvidéis que para todo el mundo, incluso para mis ayudantes, tenéis rotas las piernas, por lo cual a cada movimiento debéis dar un grito.
—¡Ay! —dijo Coconnas al ver que los dos ayudantes aproximaban la camilla.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Un poco de valor! —dijo Caboche—. Si ahora gritáis, ¿qué será luego?
—Mi querido Caboche —dijo Coconnas—, no dejéis que me toquen vuestros acólitos, os lo suplico; es muy posible que no sepan hacerlo con tanta delicadeza como vos.
—Poned la camilla junto al caballete —dijo maese Caboche.
Los dos ayudantes obedecieron. Caboche alzó en brazos a Coconnas como si fuese un niño y le dejó acostado en la camilla. A pesar del cuidado que puso el verdugo en trasladarle, el piamontés dio unos gritos feroces.
Apareció entonces el carcelero con una linterna.
—A la capilla —dijo. Quienes conducÃan a Coconnas se pusieron en camino después de que este hubo dado al verdugo un segundo apretón de manos. El primero le habÃa resultado tan útil, que no iba a sentir reparos en tan crÃticos momentos.