Las dos Dianas
Las dos Dianas Atravesaron la sala de guardias. En otro tiempo, guardaban aquella sala doce hombres reclutados en las tierras del condado. Durante los quince años últimos habían fallecido siete de los doce guardias y no habían sido reemplazados: quedaban cinco, y estos prestaban el servicio que prestaron en tiempos del conde, esperando que la muerte viniera a visitarles a su vez.
Nuestros caminantes cruzaron la galería y entraron en el salón de honor.
Estaba amueblado como el día en que salió del castillo y no volvió el último conde, pero en aquel salón, donde en otro tiempo se reunían, como en los de los príncipes soberanos, todos los nobles de Normandía, nadie había entrado, desde hacía quince años, más que los servidores encargados de su limpieza y un perro, el perro favorito del último señor que, cada vez que franqueaba sus umbrales, gemía llamando a su dueño, hasta que un día se negó a salir, se tendió a los pies del estrado cubierto por el dosel, y allí le encontraron muerto a la mañana siguiente.